
Jamás imaginé, debo confesarlo, llegar al sitio en que me encuentro ésta madrugada; aunque tengo la certeza de que no es un destino sino una escala más en la travesía insospechada que nació un par de años atrás. Sin el glamour de aquella mañana en la estación de autobús, sin el incomodo nerviosismo de la primera noche en tu hogar con tus hijos durmiendo en la habitación contigua, sin el pudor por mostrar nuestros imperfectos cuerpos con la luz encendida, sin la idealización que resulta del engañoso enamoramiento, sin la frustrante distancia, sin el estorboso afán por agradarnos, sin todo aquello que no nos permite observar verídicamente.
Hoy luces tan distinta, con tus ojos entreabiertos, tus músculos faciales en completa relajación que hacen de tus mejillas terreno flácido, tus parpados caídos que desembocan en finas arrugas, tu cabello irrigado en completo desorden sobre la almohada tantas veces compartida, tus pensamientos extraviados en un sueño que mañana no recordarás.
Quiero hablarte, es urgente y necesario que lo haga. Quiero hacerlo a través de las palabras escritas porque así habrá testimonio de éste instante irrepetible, porque no se hacerlo de mejor manera.
Ya superada la discusión de ésta noche que comenzó por una de esas tonterías que últimamente nos sirven de pretexto para reñir, vislumbro con claridad y en toda su magnitud, la inmensa gama de emociones que constituyen mi peculiar sentimiento por ti. Y no es el goce infinito de unir nuestros cuerpos escenificando una tierna apasionada danza celestial, porque esto sólo viene a coronar el profundo orgullo que me llena el pecho al saberte mi fiel compañera. Ni que decir de mi admiración desbordante, profesora querida, que resulta en afrodisiaco infalible cuando de artes amatorias se trata. Es tu lenguaje preciso, tus palabras atinadas que me inducen al más fastuoso de mis mundos, al que has creado para mí. Son tus caricias que diestras alivian, tu sonrisa que se yergue estruendosa inhibiendo hasta la pena más honda, o tu cabello que asfixia mis pudores y libera mis instintos. Jamás, lo sé bien, que he vivido treinta y dos años conmigo pude encontrar mujer con quien, en diferencias y similitudes, la compenetración fuese tan absoluta. Por eso aprovecho hoy que duermes mientras que bebo un sorbo de tu aliento en un beso, para pasearme visualmente por tu agraciado cuerpo. Me detengo en tus labios, el nerviosismo me apresa, el entusiasmo y la locura me esclavizan. ¡Quiero ser tu esposo! Si, yo, que a nadie hable de matrimonio. ¡Quiero envejecer a tu lado! Quiero llegar a casa sabiendo que eres tú quien me aguarda. Quiero mirar al cielo, satisfecho, bajo el cobijo de las estrellas, tirados sobre un paraje desierto. Quiero cantar a dueto contigo una canción que nos una, caminando descalzos por una playa cogidos de la mano. Quiero que lloremos hasta vaciarnos bajo el regazo del otro. Quiero ser tu esposo, mejor dicho, ya lo soy; porque la manera en que hace unas horas hicimos el amor, con ese derroche de energía, con esa conexión espiritual, con ese éxtasis simultáneo, no puede ofrecer otra respuesta que un sí. ¿El sábado próximo te gusta? Está bien, así será. De cualquier manera te pediré una confirmación al cerrar ésta carta. Tocaré a tu puerta, entraré en ti y treparé sigilosamente hasta alcanzar el cenit de tus pléyades, provocando un afluente ardiente que me sepulte bajo su alud de embates insaciables. Te sabrás mía, me reconoceré tuyo, y dormiremos la vida juntos para soñar hermosas realidades y someter antiguos desconsuelos. Ha terminado mi vida para dar comienzo a la nuestra, ¡que dicha esposa mía, que dicha!
Como no puedo más contemplarte sin saciar mi sed de ti, dejo las palabras para después.
EDUARDO… TU ETERNO AMANTE Y AHORA ESPOSO
P.D. De vestido azul cielo y maquillaje turquesa estarás perfecta

No hay comentarios:
Publicar un comentario